Continúo con Madrid, de corte a checa.
Dando una vuelta por Internet, he encontrado varios sitios de amigos en el que despliegan sus aficiones, sus canciones, conectan con otra gente. Extraño universo en el que estamos metidos. Tanta soledad en la vida y tanta amistad en la red. Estamos solos, esos que años atrás tomamos la noche por bandera, y la música estridente como arma arrojadiza contra los demás desde nuestro aislamiento. Estamos solos. Somos incapaces de comunicarnos con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros vecinos y nos desvivimos por entregarnos al desconocido, por intimar con gente nueva que probablemente pasará de largo en poco tiempo. A veces madura una amistad pero, ¿por qué descuidamos ese ámbito más cercano?. Quizás por que durante muchos años hemos sido víctimas de los silencios que desprecian o ignoran, o del tono de burla leve con que muchos nos sentimos interpelados. En vez de comprender, nos han censurado y juzgado durante años, probablemente sin querer hacernos daño, pero lo han hecho. Parte de culpa la tenemos nosotros, quizás por no haber sabido hacernos entender y estar sujetos a un miedo indefinible. Y por despreciar la ayuda de aquellos que nos quieren. Algún día hablaré de la psoriasis y sus secuelas psicológicas. Como convertise en un paralítico (y parásito) social.
