Wednesday, January 03, 2007

Publico tardíamente este apunte, del día 29 de diciembre.
Hoy ha pasado rápido. Llenando mi agenda de citas, de acontecimientos de encuentros, de literatura, he logrado despejar esa tristeza que me abruma. Es cierto que se ha colado por resquicios y durante unos minutos ha logrado invadir mi espacio, pero creo que lo voy venciendo. La única manera de superar esto y casi todo lo que me espera, es enfrentarse cada día con pequeñas esperanzas, afrontar el trabajo con rectitud y constancia, aunque me duela y me amargue ver que podría hacer otras cosas bien. Siempre quedará la duda de qué otras vidas hubiera podido llevar, pero no hay otra vida y no existe más que la vida. Dilucidar si la vida es un regalo o castigo de Dios no entra dentro de mis pretensiones, ni siquiera intentar presumir la existencia de ese creador, o su inexistencia. Solo cabe intentar hacer cada día algo de lo que debes a los demás y de lo que te debes a ti. Esa es la manera de sacar el meollo a la vida, de poder disfrutar de los amaneceres, de la sonrisas, de las frases lanzadas al aire. Y no tener miedo. No tener miedo a hacer lo que deseas. Aunque la gente sonría de soslayo, sepa cosas de ti y se atreva a juzgarte.


Día 29 de Diciembre del año 2006. Me voy sacudiendo, poco a poco, todas las malas sensaciones que han ido invadiéndome durante estos días. El frío me atenaza los huesos y los pensamientos. Esta mañana he buscado un encuentro imposible con Ella. Tiene que tener pareja, seguro. He perdido demasiados trenes en mi vida por este dichoso temor a la vida. Aún hay muchas dudas latentes dentro de mí, pero voy tirando como puedo. Encuentro con Fernando y la futura madre de su hija, Karina. Lo he encontrado muy aviejado, con canas y la cara tirante. Me ha recordado a mi misma imagen en el día de ayer, frente al espejo. Hoy, sin embargo, me he encontrado distinto. Estoy montado en una ola de optimismo que no sé cuanto durará, pero de la que probablemente caiga cuando las fiestas dejen paso al frío invierno. Tres meses que siempre he pasado oculto.
Es difícil aceptar la propia derrota. Darse cuenta de que no sirves para una cosa, y que esa cosa te ha comido siete u ocho años de tu vida miserable. O catorce, mejor dicho, justo desde que empecé la carrera. Y lo peor es que no he sido valiente para asumirlo y dar el giro. El lugar en donde estoy (desubicado) absolutamente perdido, no es sino el merecido pago por tantos años de no conocerse, de mentir y, en el fondo, de acomodarse. Ahora busco una salida en un amor, una chica cualquiera a la que ni conozco y a la que he convertido en otra marioneta más de mi amargura.

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