Resumen diario: gran parte del día perdido, otra vez, aunque de buen humor. He estado repasando lo que escribí ayer en el blog llamado Emo diaries, y aunque me llena de pena, creo que es una descripción muy adecuada de lo que me pasa. Debería escribir más sobre lo de fuera y menos sobre lo de dentro. Debería hacer esto, debería hacer lo otro. Pues resulta que los días pasan, y me mantengo en la misma angustia y la misma soledad. Esta mañana he comido con Pepele, leve borrachera con vino de la casa. Ha habido un momento en que he contemplado mi rostro en el espejo del restaurante y he visto tirantez y amargura reflejadas en él. No me asusta el paso del tiempo, ni la erosión de la juventud, pero esta incapacidad para afrontar los problemas, este miedo al rechazo y al fracaso que creo siempre me han atenazado, se me está clavando en el rostro, de manera tal que es difícil que pase desapercibido a los demás y sobre todo a mí mismo. Mantengo un blog llamado La ciruela eléctrica. Un sitio por el que nadie nunca pasará y que no es sino una prolongación de mi propio hermetismo. Letras, poemas, reflexiones y lágrimas escondidas tras las letras.
Continúo con Madrid, de corte a checa.
Dando una vuelta por Internet, he encontrado varios sitios de amigos en el que despliegan sus aficiones, sus canciones, conectan con otra gente. Extraño universo en el que estamos metidos. Tanta soledad en la vida y tanta amistad en la red. Estamos solos, esos que años atrás tomamos la noche por bandera, y la música estridente como arma arrojadiza contra los demás desde nuestro aislamiento. Estamos solos. Somos incapaces de comunicarnos con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros vecinos y nos desvivimos por entregarnos al desconocido, por intimar con gente nueva que probablemente pasará de largo en poco tiempo. A veces madura una amistad pero, ¿por qué descuidamos ese ámbito más cercano?. Quizás por que durante muchos años hemos sido víctimas de los silencios que desprecian o ignoran, o del tono de burla leve con que muchos nos sentimos interpelados. En vez de comprender, nos han censurado y juzgado durante años, probablemente sin querer hacernos daño, pero lo han hecho. Parte de culpa la tenemos nosotros, quizás por no haber sabido hacernos entender y estar sujetos a un miedo indefinible. Y por despreciar la ayuda de aquellos que nos quieren. Algún día hablaré de la psoriasis y sus secuelas psicológicas. Como convertise en un paralítico (y parásito) social.
Continúo con Madrid, de corte a checa.
Dando una vuelta por Internet, he encontrado varios sitios de amigos en el que despliegan sus aficiones, sus canciones, conectan con otra gente. Extraño universo en el que estamos metidos. Tanta soledad en la vida y tanta amistad en la red. Estamos solos, esos que años atrás tomamos la noche por bandera, y la música estridente como arma arrojadiza contra los demás desde nuestro aislamiento. Estamos solos. Somos incapaces de comunicarnos con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros vecinos y nos desvivimos por entregarnos al desconocido, por intimar con gente nueva que probablemente pasará de largo en poco tiempo. A veces madura una amistad pero, ¿por qué descuidamos ese ámbito más cercano?. Quizás por que durante muchos años hemos sido víctimas de los silencios que desprecian o ignoran, o del tono de burla leve con que muchos nos sentimos interpelados. En vez de comprender, nos han censurado y juzgado durante años, probablemente sin querer hacernos daño, pero lo han hecho. Parte de culpa la tenemos nosotros, quizás por no haber sabido hacernos entender y estar sujetos a un miedo indefinible. Y por despreciar la ayuda de aquellos que nos quieren. Algún día hablaré de la psoriasis y sus secuelas psicológicas. Como convertise en un paralítico (y parásito) social.

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