Wednesday, December 27, 2006

Cuanto más avanza la tarde más me inunda la tristeza. La perspectiva de mi total falta de objetivos me abruma. La tarde de lágrimas. Tengo que luchar y conocerla normalmente. No son buenos estos impulsos. Algún día me van a conducir a la desesperación más absoluta y voy a caer en picado. A veces me sorprendo de lo poco que pienso en mi padre y Rosi. Creo que se intentara hacerlo me hundiría mucho más al ver el daño real que les estoy haciendo; de alguna manera huyo de ellos.
Ayer, al salir del trabajo me he dirigido a un gran centro comercial para encontrar alguna distracción que me hiciera olvidar la frialdad y la soledad de la casa. Paseé como un desesperado de vuelta a casa. Al llegar, me metí en la cama y me puse a llorar como un niño, pasaron por mi cabeza ideas que prefiero no dejar plasmadas en el papel. La noche, tras este desahogo, pasó tranquila y la mañana soleada ha difuminado esos fantasmas, que supongo regresarán en breve, cuando vuelva a esconderse el sol. Hace días que no puedo centrarme en la lectura. El humo dormido y Madrid, de corte a checa, están abandonados sobre mi mesilla. No puedo centrarme. Tomaré café con Mariano, a ver que cuenta. Lo he presentido hundido, quizás en la forma este aquejado de desamor, pero en el fondo me parece víctima del mal de que pretendo huir yo: la dispersión.

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