Suena una canción mientras oigo caer la lluvia fuera, mientras la veo resbalar por los cristales en un día fatal (lunes). Al pisar los charcos, al respirar el aire limpio y contemplar el cielo encapotado, al abrir mi paraguas prestado (uno de mi colección de paraguas prestados), canturreo esa melodía. Happy when it rains. La Cadena de Jesús y María. Los escoceses cantaron a la lluvia y al poder seductor de los días grises. Frente a la tristeza opresiva de los días fríos, la melancolía que despierta la lluvia es creativa, ha inspirado miles de melodías surgidas de un rasgueo de guitarra en algún rincón amable, en miles de habitaciones favoritas. El ritmo de la lluvia va dejando una piel brillante sobre las calles y las avenidas, cuya estridencia urbana se apaga y dulcifica al compás del agua cayendo. Repaso mis discos, recorro con las yemas de los dedos las fundas, buscando temas que hayan surgido con la mente y el corazón tocados por la magia de un día lluvioso.
Hoy es uno de esos días lluviosos. Amaneció un día azul, y frío. Aunque los lunes dejo las sábanas con una pereza descomunal, esta mañana he pisado con ciertas ganas las baldosas del dormitorio. A lo largo de la mañana, sin embargo, he ido cayendo, y a medida que el cielo se ha ido cubriendo de nubes, mi ánimo ha ido decayendo. Mis jornadas son siempre de subida y bajada, pero últimamente he logrado encontrar un punto donde evito el malestar interior que me producen esas peligrosas oscilaciones. El único reparo ( y no pequeño) es que ese ámbito de serenidad se haya cercano a la indiferencia. Atravieso la vida como el que atraviesa velozmente un campo de minas. Casi sin pisar el suelo, siendo consciente que en una de esas pisadas, algo explotará bajo mis pies. Por muy rápido y ligero que camine, alguna presión he de aplicar, en algún momento sobre algún punto concreto y brutal. Explosión e implosión.
Hoy es uno de esos días lluviosos. Amaneció un día azul, y frío. Aunque los lunes dejo las sábanas con una pereza descomunal, esta mañana he pisado con ciertas ganas las baldosas del dormitorio. A lo largo de la mañana, sin embargo, he ido cayendo, y a medida que el cielo se ha ido cubriendo de nubes, mi ánimo ha ido decayendo. Mis jornadas son siempre de subida y bajada, pero últimamente he logrado encontrar un punto donde evito el malestar interior que me producen esas peligrosas oscilaciones. El único reparo ( y no pequeño) es que ese ámbito de serenidad se haya cercano a la indiferencia. Atravieso la vida como el que atraviesa velozmente un campo de minas. Casi sin pisar el suelo, siendo consciente que en una de esas pisadas, algo explotará bajo mis pies. Por muy rápido y ligero que camine, alguna presión he de aplicar, en algún momento sobre algún punto concreto y brutal. Explosión e implosión.
